Primera. Verano
Recuerdo una brisa suave en una cálida noche de verano. Los dos vestidos con pantalones cortos y mis piernas cubiertas de moratones, arañazos y picaduras de mosquitos. Se me antoja que su piel era suave, ligeramente tostada, y su pelo rubio, cimbreante y alborotado reflejaba la luz de una luna que debía de andar por allí cerca. Sus ojos eran verdes, y brillaban casi tanto como las pequeñas luciérnagas que poblaban los árboles de aquel jardín en San Juan. Soy incapaz de recordar la conversación, pero seguramente era trascendentalmente banal, ansiosamente nerviosa, conscientes ambos de que íbamos a darnos nuestro primer e inocente beso. Daría un brazo por volver a aquel momento, apoyados en un pequeño muro que rodeaba el jardín, junto a la piscina. ¡Era tan bonita...!
Horas antes habíamos entrado en una caravana aparcada en un solar cercano. Habíamos fantaseado con que podría ser nuestro hogar, donde la protegería y la cuidaría. Puede que hasta decidiéramos cuántos hijos tendríamos cuando fuéramos mayores... Traté de demostrar que era fuerte levantando los objetos más pesados que encontré esparcidos por el suelo de aquella casa rodante y, en un alarde de ¿poder?, rompí todas las ventanas que encontré en la caravana. Ella me miraba absorta, seguramente incapaz de comprender qué me llevaba a aquella actitud vandálica. Yo tampoco lo sabía. Intuyo que el portero del edificio de apartamentos que me sacó de allí casi en volandas, tirando de mi oreja, tampoco entendió mis razones, ni las razones de amor de la infancia. Un par de tortas de mis padres me demostraron que ellos también habían olvidado su primer amor, al menos mientras pagaban los desperfectos.
Sin embargo, yo era el más fuerte: había levantado todos aquellos pesados cachivaches y ningún portero iba a cambiarlo. Ella también lo sabía, me lo dijeron sus ojos mientras me veía alejarme, llorando de dolor y humillación.
En algún momento de aquella noche, cuando imaginé que estábamos lo suficiente cerca, la besé torpemente. Ella no rehuyó mi gesto, prevenida casi con toda certeza por mis ojos, cerrados incluso antes de empezar el viaje hasta sus labios. Después me sonrió, y posiblemente dijera algo pero yo... yo solo podía escuchar unos atronadores latidos que provenían de mi corazón, fui incapaz de entenderlo.
No recuerdo su nombre, ni cómo nos despedimos aquellas vacaciones, y me duele casi tanto como no poder revivir aquellos días. Sí recuerdo, en cambio, que el verano siguiente, cuando, de nuevo en pantalones cortos volví a su casa (solo yo era turista en aquel paraíso, ella era una belleza autóctona) su madre me dijo que estaba fuera y que no volvería hasta pasado un mes.
Nada podía doler como aquello, nada al alcance de un niño de 8 ó 9 años. Miré al suelo al tiempo que las lágrimas empezaban a saltar al vacío existente tras mis mejillas. Cabizbajo me giré dispuesto a irme por donde había venido, oí como la puerta se cerraba a mi espalda y de repente me di cuenta de que olvidaba algo. - "¡Señora!". - Ella entreabrió la puerta y me miró fijamente, casi emocionada. - "Dígale que todavía la quiero. Que seguimos siendo novios".
Me fui de allí corriendo, y lloré y lloré... No recuerdo nada más de aquel verano. Solo la recuerdo a ella en su conjunto vaquero de pantalones cortos, apoyada en el muro al lado de la piscina mirándome como nadie más me ha mirado.
Nunca sabré el nombre de quien me regalo el primer beso, mi primer amor.
Horas antes habíamos entrado en una caravana aparcada en un solar cercano. Habíamos fantaseado con que podría ser nuestro hogar, donde la protegería y la cuidaría. Puede que hasta decidiéramos cuántos hijos tendríamos cuando fuéramos mayores... Traté de demostrar que era fuerte levantando los objetos más pesados que encontré esparcidos por el suelo de aquella casa rodante y, en un alarde de ¿poder?, rompí todas las ventanas que encontré en la caravana. Ella me miraba absorta, seguramente incapaz de comprender qué me llevaba a aquella actitud vandálica. Yo tampoco lo sabía. Intuyo que el portero del edificio de apartamentos que me sacó de allí casi en volandas, tirando de mi oreja, tampoco entendió mis razones, ni las razones de amor de la infancia. Un par de tortas de mis padres me demostraron que ellos también habían olvidado su primer amor, al menos mientras pagaban los desperfectos.
Sin embargo, yo era el más fuerte: había levantado todos aquellos pesados cachivaches y ningún portero iba a cambiarlo. Ella también lo sabía, me lo dijeron sus ojos mientras me veía alejarme, llorando de dolor y humillación.
En algún momento de aquella noche, cuando imaginé que estábamos lo suficiente cerca, la besé torpemente. Ella no rehuyó mi gesto, prevenida casi con toda certeza por mis ojos, cerrados incluso antes de empezar el viaje hasta sus labios. Después me sonrió, y posiblemente dijera algo pero yo... yo solo podía escuchar unos atronadores latidos que provenían de mi corazón, fui incapaz de entenderlo.
No recuerdo su nombre, ni cómo nos despedimos aquellas vacaciones, y me duele casi tanto como no poder revivir aquellos días. Sí recuerdo, en cambio, que el verano siguiente, cuando, de nuevo en pantalones cortos volví a su casa (solo yo era turista en aquel paraíso, ella era una belleza autóctona) su madre me dijo que estaba fuera y que no volvería hasta pasado un mes.
Nada podía doler como aquello, nada al alcance de un niño de 8 ó 9 años. Miré al suelo al tiempo que las lágrimas empezaban a saltar al vacío existente tras mis mejillas. Cabizbajo me giré dispuesto a irme por donde había venido, oí como la puerta se cerraba a mi espalda y de repente me di cuenta de que olvidaba algo. - "¡Señora!". - Ella entreabrió la puerta y me miró fijamente, casi emocionada. - "Dígale que todavía la quiero. Que seguimos siendo novios".
Me fui de allí corriendo, y lloré y lloré... No recuerdo nada más de aquel verano. Solo la recuerdo a ella en su conjunto vaquero de pantalones cortos, apoyada en el muro al lado de la piscina mirándome como nadie más me ha mirado.
Nunca sabré el nombre de quien me regalo el primer beso, mi primer amor.

